Vol. 7 – Núm. 1 / Enero – Junio – 2026
Infraestructura verde arquitectónica para mitigar islas de calor
en barrios vulnerables
Architectural green infrastructure to mitigate heat islands invulnerable
neighborhoods
Infraestruturas verdes arquitetónicas para mitigar as ilhas de calor em
bairros vulneráveis
Suárez-Loor, Cristina Paola
Universidad Técnica Estatal de Quevedo
csuarezl@uteq.edu.ec
https://orcid.org/0000-0001-6588-7018
Vinueza-Mendoza, Glenn Walter
Universidad Técnica Estatal de Quevedo
gvinueza@uteq.edu.ec
https://orcid.org/0000-0002-6414-3532
Zambrano-Caizaluisa, Cristhian Andrés
Universidad Hemisferios
crizthian_architect@hotmail.com
https://orcid.org/0009-0003-8800-8233
Suárez-Loor Bruno Eduardo
Universidad San Gregorio de Portoviejo
e.besuarez@sangregorio.edu.ec
https://orcid.org/0000-0003-0686-1728
DOI / URL: https://doi.org/10.55813/gaea/ccri/v7/n1/1495
Como citar:
Suárez-Loor, C. P., Vinueza-Mendoza, G. W., Zambrano-Caizaluisa, C. A., & Suárez-Loor, B.
E. (2026). Infraestructura verde arquitectónica para mitigar islas de calor en barrios
vulnerables. Código Científico Revista De Investigación, 7(1), 686–711.
Recibido: 24/05/2026 Aceptado: 16/06/2026 Publicado: 30/06/2026
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Resumen
La intensificación de las islas de calor urbanas afecta con mayor severidad a los barrios
vulnerables, donde la precariedad constructiva, la escasez de vegetación, la impermeabilización
del suelo y la limitada capacidad de adaptación incrementan la exposición térmica de la
población. Este artículo tuvo como objetivo analizar la evidencia científica sobre la
infraestructura verde arquitectónica como estrategia de mitigación térmica en estos contextos.
Se desarrolló una revisión bibliográfica exploratoria, de enfoque cualitativo y diseño
documental, basada en artículos científicos, revisiones, capítulos académicos y documentos
técnicos publicados principalmente entre 2010 y 2025, organizados mediante síntesis narrativa
y categorización temática. Los resultados evidencian que las cubiertas verdes, fachadas
vegetales, patios bioclimáticos, pérgolas vivas y sistemas de arbolado asociados a edificaciones
contribuyen a reducir temperaturas superficiales, mejorar el confort térmico, disminuir la
demanda energética y recuperar funciones ambientales mediante sombreado,
evapotranspiración y aislamiento vegetal. No obstante, su efectividad depende de la
disponibilidad hídrica, el mantenimiento, la capacidad estructural, la selección vegetal, la
escala de intervención y la gobernanza comunitaria. Se concluye que la infraestructura verde
arquitectónica constituye una alternativa pertinente para la adaptación climática urbana,
siempre que se implemente con criterios técnicos, ambientales y de justicia socioespacial.
Palabras clave: infraestructura verde; islas de calor urbanas; barrios vulnerables; arquitectura
bioclimática; justicia ambiental.
Abstract
The intensification of urban heat islands affects vulnerable neighborhoods more severely,
where poor building conditions, scarce vegetation, soil impermeabilization, and limited
adaptive capacity increase the population’s thermal exposure. This article aimed to analyze
scientific evidence on architectural green infrastructure as a strategy for thermal mitigation in
these contexts. An exploratory bibliographic review with a qualitative approach and
documentary design was conducted, based on scientific articles, reviews, academic chapters,
and technical documents published mainly between 2010 and 2025, organized through
narrative synthesis and thematic categorization. The results show that green roofs, vegetated
façades, bioclimatic courtyards, living pergolas, and tree systems associated with buildings
help reduce surface temperatures, improve thermal comfort, decrease energy demand, and
restore environmental functions through shading, evapotranspiration, and vegetative
insulation. However, their effectiveness depends on water availability, maintenance, structural
capacity, plant selection, intervention scale, and community governance. It is concluded that
architectural green infrastructure represents a relevant alternative for urban climate adaptation,
provided that it is implemented with technical, environmental, and socio-spatial justice criteria.
Keywords: green infrastructure; urban heat islands; vulnerable neighborhoods; bioclimatic
architecture; environmental justice.
Resumo
A intensificação das ilhas de calor urbanas afeta com maior severidade os bairros vulneráveis,
onde a precariedade construtiva, a escassez de vegetação, a impermeabilização do solo e a
limitada capacidade de adaptação aumentam a exposição térmica da população. Este artigo
teve como objetivo analisar a evidência científica sobre a infraestrutura verde arquitetônica
como estratégia de mitigação térmica nesses contextos. Desenvolveu-se uma revisão
bibliográfica exploratória, de abordagem qualitativa e desenho documental, baseada em artigos
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científicos, revisões, capítulos acadêmicos e documentos técnicos publicados principalmente
entre 2010 e 2025, organizados por meio de síntese narrativa e categorização temática. Os
resultados evidenciam que coberturas verdes, fachadas vegetais, pátios bioclimáticos, pérgolas
vivas e sistemas de arborização associados às edificações contribuem para reduzir temperaturas
superficiais, melhorar o conforto térmico, diminuir a demanda energética e recuperar funções
ambientais mediante sombreamento, evapotranspiração e isolamento vegetal. No entanto, sua
efetividade depende da disponibilidade hídrica, da manutenção, da capacidade estrutural, da
seleção vegetal, da escala de intervenção e da governança comunitária. Conclui-se que a
infraestrutura verde arquitetônica constitui uma alternativa pertinente para a adaptação
climática urbana, desde que implementada com critérios técnicos, ambientais e de justiça
socioespacial.
Palavras-chave: infraestrutura verde; ilhas de calor urbanas; bairros vulneráveis; arquitetura
bioclimática; justiça ambiental.
Introducción
La intensificación de las islas de calor urbanas constituye un problema crítico para los
barrios vulnerables, donde la densificación, la escasez de vegetación, la alta proporción de
superficies impermeables y la baja calidad térmica de las edificaciones elevan la exposición
cotidiana al calor. Este fenómeno se explica por alteraciones del balance energético urbano,
asociadas con materiales que almacenan radiación, menor evapotranspiración y geometrías
urbanas que dificultan la disipación térmica (Oke, 1982; IPCC, 2022). En este contexto, la
infraestructura verde arquitectónica —cubiertas verdes, fachadas vegetales, arbolado
integrado, patios bioclimáticos y corredores verdes vinculados al edificio— emerge como
estrategia relevante porque interviene simultáneamente sobre la envolvente construida y el
microclima barrial.
El problema adquiere mayor gravedad cuando se observa que el calor urbano no se
distribuye de manera homogénea, sino que suele concentrarse en sectores con menor ingreso,
menor cobertura vegetal y menor capacidad de adaptación. Estudios multicéntricos han
mostrado que poblaciones racializadas o empobrecidas registran mayor exposición a la
intensidad superficial de las islas de calor, mientras que investigaciones sobre segregación
residencial evidencian déficits persistentes de arbolado en áreas históricamente desfavorecidas
(Hsu et al., 2021; Locke et al., 2021). Por ello, no abordar el fenómeno perpetúa desigualdades
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térmicas, incrementa la demanda energética, deteriora el confort exterior e interior y eleva
riesgos sanitarios durante olas de calor (Iungman et al., 2023).
Asimismo, las afectaciones del problema superan el ámbito ambiental, pues
comprometen salud pública, productividad, habitabilidad y resiliencia urbana. La literatura
indica que las altas temperaturas urbanas agravan la mortalidad prematura, afectan con más
fuerza a adultos mayores y grupos con enfermedades crónicas, y pueden aumentar costos de
refrigeración en hogares con baja eficiencia constructiva (IPCC, 2022; Nazish et al., 2024).
Desde la arquitectura, esta situación revela una tensión central: los barrios que más requieren
soluciones pasivas y vegetadas suelen ser los que menos inversión reciben en diseño
bioclimático, mantenimiento verde y renovación de infraestructura (Santamouris, 2014).
Frente a ello, la evidencia revisada reconoce que la infraestructura verde reduce
temperaturas mediante sombra, evapotranspiración, aislamiento térmico y modificación de
flujos radiativos; sin embargo, sus efectos dependen del tipo de vegetación, profundidad del
sustrato, disponibilidad hídrica, escala de intervención y morfología urbana circundante
(Bowler et al., 2010; Gunawardena et al., 2017). Las cubiertas y fachadas verdes muestran
potencial para disminuir la isla de calor y mejorar el desempeño térmico de los edificios,
aunque sus resultados varían según clima, diseño, exposición y mantenimiento (Barriuso &
Urbano, 2021; Santamouris, 2014).
No obstante, persisten brechas relevantes para una revisión bibliográfica orientada a
barrios vulnerables. Buena parte de la investigación evalúa parques, arbolado o techos verdes
de forma aislada, pero menos trabajos integran la escala arquitectónica con la escala barrial, la
justicia ambiental y la viabilidad social de implementación. Además, las revisiones advierten
que la efectividad térmica de la infraestructura verde no puede generalizarse sin considerar
clima local, disponibilidad de agua, costos de mantenimiento, apropiación comunitaria y
posibles efectos no deseados, como procesos de valorización excluyente (Gunawardena et al.,
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2017; IPCC, 2022). Esta brecha justifica una síntesis crítica que conecte evidencia técnica,
salud urbana y equidad socioespacial.
En consecuencia, este artículo de revisión bibliográfica se justifica por su relevancia
social, al priorizar poblaciones expuestas a mayor estrés térmico; por su valor teórico, al
articular urbanismo climático, arquitectura bioclimática e infraestructura verde; y por su
utilidad metodológica, al organizar evidencia dispersa sobre soluciones aplicables en tejidos
residenciales vulnerables (WHO Regional Office for Europe, 2017; Nazish et al., 2024). Su
viabilidad se sustenta en la disponibilidad de literatura científica reciente, revisiones
sistemáticas, estudios urbanos comparativos y reportes técnicos internacionales que permiten
analizar el fenómeno sin intervenir directamente sobre población humana, reduciendo riesgos
éticos propios de estudios experimentales (Bowler et al., 2010; Iungman et al., 2023).
Así, el objetivo general es analizar la evidencia científica sobre la infraestructura verde
arquitectónica como estrategia para mitigar islas de calor en barrios vulnerables. De manera
específica, se busca describir los factores urbanos y arquitectónicos que intensifican el calor
barrial, comparar la efectividad térmica de cubiertas verdes, fachadas vegetales y arbolado
asociado a edificaciones, identificar beneficios sanitarios y ambientales reportados en la
literatura, y determinar brechas de implementación vinculadas con equidad, mantenimiento y
adaptación climática. Con ello, la revisión pretende aportar una lectura integrada y original,
centrada no solo en cuánto enfrían estas soluciones, sino en dónde, para quiénes y bajo qué
condiciones resultan socialmente pertinentes (Hsu et al., 2021; Barriuso & Urbano, 2021;
IPCC, 2022).
Metodología
El estudio se desarrolló como una revisión bibliográfica exploratoria, de enfoque
cualitativo y diseño documental, orientada a reconocer cómo la infraestructura verde
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arquitectónica ha sido estudiada como estrategia de mitigación de islas de calor en barrios
vulnerables. Esta elección metodológica permitió examinar literatura científica dispersa,
identificar tendencias conceptuales, comparar enfoques técnicos y delimitar vacíos de
conocimiento sin pretender estimar efectos mediante metaanálisis. En coherencia con el
carácter exploratorio del artículo, la revisión no buscó agotar la totalidad de publicaciones
existentes, sino construir una base argumental suficiente para comprender el estado del debate,
sus principales convergencias y sus limitaciones analíticas.
La unidad de análisis estuvo constituida por artículos científicos, revisiones, capítulos
académicos y documentos técnicos especializados sobre islas de calor urbanas, infraestructura
verde, cubiertas verdes, fachadas vegetales, vegetación urbana, justicia ambiental y
vulnerabilidad socioespacial. La búsqueda se orientó a fuentes publicadas entre 2010 y 2025,
con énfasis en literatura reciente por la aceleración de los efectos del cambio climático en
entornos urbanos. Se consultaron bases de datos académicas como Scopus, Web of Science,
ScienceDirect, SpringerLink, Taylor & Francis, MDPI y Google Scholar, empleando
combinaciones en español e inglés como “infraestructura verde arquitectónica”, “islas de calor
urbanas”, “green roofs”, “green walls”, “urban heat island mitigation”, “vulnerable
neighborhoods” y “environmental justice”.
Los criterios de inclusión consideraron publicaciones relacionadas directamente con
infraestructura verde aplicada al entorno construido o al tejido barrial, estudios que abordaran
efectos térmicos, ambientales, sanitarios o sociales, investigaciones desarrolladas en contextos
urbanos y textos con acceso a resumen, metodología o resultados verificables. Se incluyeron
artículos empíricos, revisiones bibliográficas, revisiones sistemáticas y documentos
institucionales de alta pertinencia técnica. En cambio, se excluyeron textos centrados
exclusivamente en áreas rurales, investigaciones sin relación explícita con mitigación térmica,
documentos duplicados, publicaciones sin autoría identificable y trabajos de opinión sin
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sustento metodológico. Esta depuración permitió conservar materiales pertinentes para una
revisión exploratoria, sin confundirla con una revisión sistemática estricta.
El proceso de selección se organizó en tres momentos sucesivos. Primero, se revisaron
títulos, palabras clave y resúmenes para descartar documentos ajenos al problema de
investigación. Luego, se examinó el texto completo de las fuentes potencialmente relevantes,
priorizando aquellas que relacionaban soluciones verdes con reducción de temperatura, confort
térmico, desempeño energético o desigualdad urbana. Finalmente, se elaboró una matriz de
extracción en la que se registraron autoría, año, país o región de estudio, tipo de infraestructura
verde, escala de intervención, indicadores térmicos utilizados, beneficios reportados,
limitaciones metodológicas y aportes para barrios vulnerables. Esta estrategia facilitó una
lectura comparativa y transparente del corpus revisado.
El análisis de la información se realizó mediante síntesis narrativa y categorización
temática. Las categorías iniciales fueron: factores urbanos que intensifican las islas de calor,
soluciones arquitectónicas verdes, efectos térmicos y energéticos, beneficios ambientales y
sanitarios, condiciones de implementación y brechas de equidad socioespacial. A partir de la
lectura analítica, estas categorías se ajustaron para integrar hallazgos recurrentes y tensiones
entre estudios, especialmente cuando los resultados diferían según clima, escala, diseño
vegetal, mantenimiento o disponibilidad hídrica. Este procedimiento permitió articular
evidencia técnica con una lectura crítica de la vulnerabilidad urbana, evitando reducir la
infraestructura verde a una solución meramente ornamental o tecnológica.
Para fortalecer el rigor del proceso, se procuró contrastar fuentes de distinta naturaleza,
privilegiar literatura revisada por pares y registrar las decisiones de inclusión y exclusión en
una matriz documental. Debido a que el estudio se basó únicamente en información publicada,
no implicó intervención directa con personas, recolección de datos sensibles ni aplicación de
instrumentos a población humana. No obstante, se mantuvieron criterios éticos vinculados con
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integridad académica, atribución adecuada de ideas, prevención del sesgo de selección y uso
responsable de la evidencia. En consecuencia, la metodología adoptada resulta viable para un
artículo exploratorio de revisión bibliográfica, pues permite ordenar el conocimiento
disponible y señalar líneas futuras de investigación sobre infraestructura verde arquitectónica
en barrios vulnerables.
Resultados
Infraestructura verde arquitectónica como estrategia de mitigación térmica en barrios
vulnerables
La revisión bibliográfica permite sostener que la infraestructura verde arquitectónica no
debe entenderse como un recurso ornamental añadido al edificio, sino como un dispositivo
socioambiental capaz de intervenir en el balance térmico de la ciudad construida. En los barrios
vulnerables, donde predominan viviendas con baja eficiencia térmica, escasez de áreas verdes,
alta presencia de superficies impermeables y limitada capacidad económica para climatización
mecánica, las cubiertas verdes, fachadas vegetales, patios bioclimáticos, pérgolas vivas y
sistemas de arbolado asociado a edificaciones adquieren una función estratégica de adaptación
climática. Esta pertinencia se explica porque la isla de calor urbana surge de la sustitución de
superficies naturales por materiales que absorben y reemiten calor, de la reducción de
evapotranspiración y de la geometría urbana que dificulta la ventilación y la disipación
energética (Oke, 1982; Oke et al., 2017).
Desde esta perspectiva, la infraestructura verde arquitectónica actúa en una zona crítica
del metabolismo urbano: la envolvente del edificio y su contacto inmediato con el espacio
público. Mientras las estrategias urbanas convencionales suelen concentrarse en parques o
grandes corredores verdes, las soluciones arquitectónicas vegetadas permiten intervenir
superficies abundantes pero subutilizadas, como techos, muros medianeros, fachadas
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expuestas, patios interiores, terrazas y bordes residenciales. Esta cualidad es especialmente
relevante en barrios densos, donde la disponibilidad de suelo libre es reducida y la
incorporación de vegetación horizontal enfrenta restricciones de propiedad, ocupación y uso
del espacio. Por ello, la revisión identifica que la arquitectura verde puede ampliar la superficie
ecológicamente activa sin depender exclusivamente de nuevas reservas de suelo urbano
(Manso & Castro-Gomes, 2015; Santamouris, 2014).
Efectos térmicos y ambientales de la infraestructura verde arquitectónica
Los efectos térmicos de la infraestructura verde arquitectónica se sustentan en tres
mecanismos físicos principales: el sombreado, la evapotranspiración y la modificación de las
propiedades térmicas de la envolvente. El sombreado reduce la radiación solar directa sobre
techos, muros y pavimentos; la evapotranspiración transforma parte de la energía disponible
en calor latente, disminuyendo el calor sensible que calienta el aire; y el sustrato vegetal
incrementa la inercia térmica y limita el flujo de calor hacia el interior de la edificación. En
conjunto, estos procesos reducen la temperatura superficial de la envolvente, atenúan la
acumulación térmica urbana y contribuyen a mejorar el confort interior y exterior,
particularmente durante episodios de calor extremo (Oke, 1982; Takebayashi & Moriyama,
2007).
En el caso de las cubiertas verdes, la literatura revisada indica que su mayor aporte se
produce en la reducción de temperaturas superficiales y en la disminución de ganancias
térmicas por la cubierta, una de las zonas de mayor exposición solar en edificaciones de baja
altura. Takebayashi y Moriyama (2007) compararon el balance de calor en cubiertas verdes y
cubiertas reflectantes, mostrando que la evaporación, la humedad del sustrato y el flujo de calor
sensible son variables decisivas para comprender su desempeño. De forma convergente,
Santamouris (2014) sistematizó evidencia sobre tecnologías de cubiertas verdes y reflectantes,
concluyendo que ambas pueden contribuir a mitigar la isla de calor, aunque las verdes añaden
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beneficios ecológicos que exceden la reflectancia superficial, como retención hídrica,
biodiversidad y mejora del paisaje urbano (Takebayashi & Moriyama, 2007; Santamouris,
2014).
En barrios vulnerables, las cubiertas verdes tienen un potencial particular porque
muchas viviendas presentan techos expuestos, baja aislación y alta transferencia de calor hacia
espacios interiores. En estos contextos, el beneficio térmico no se limita al enfriamiento urbano
general, sino que puede traducirse en menor estrés térmico doméstico, reducción de demanda
de refrigeración y aumento de habitabilidad durante horas críticas. Sin embargo, la magnitud
del efecto depende de la profundidad del sustrato, la cobertura vegetal, la disponibilidad de
agua, el tipo de especies y el mantenimiento; por tanto, una cubierta verde extensiva de bajo
peso no produce los mismos efectos que una cubierta intensiva con mayor masa vegetal y
capacidad de retención hídrica (Santamouris, 2014; Oke et al., 2017).
Las fachadas verdes y muros vivos, por su parte, presentan una ventaja complementaria:
actúan sobre superficies verticales que suelen acumular radiación en calles estrechas, patios
interiores y corredores urbanos con bajo factor de visión del cielo. Manso y Castro-Gomes
(2015) distinguen entre fachadas verdes tradicionales, sistemas indirectos con soportes,
módulos, contenedores y muros vivos, lo cual resulta importante porque cada tipología posee
distintos requerimientos constructivos, hídricos y de mantenimiento. En términos térmicos,
estas soluciones reducen la temperatura superficial del muro, amortiguan ganancias solares,
disminuyen el sobrecalentamiento de espacios interiores y pueden mejorar el confort peatonal
al generar sombra y humedad localizada (Manso & Castro-Gomes, 2015).
La evidencia de modelación microclimática también muestra que la combinación de
cubiertas verdes y muros vegetados puede modificar de manera sustantiva el comportamiento
térmico de los cañones urbanos. Alexandri y Jones (2008) analizaron distintos climas,
geometrías urbanas y orientaciones, concluyendo que la vegetación sobre envolventes
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edificadas puede disminuir temperaturas urbanas con mayor intensidad cuando se integra de
forma continua en techos y muros. Este hallazgo es relevante para barrios vulnerables porque
muchas de sus calles poseen configuraciones compactas, con escasa vegetación y alta
exposición de superficies minerales; en tales casos, la intervención sobre fachadas y cubiertas
puede compensar parcialmente la falta de suelo disponible para parques o plazas de gran escala
(Alexandri & Jones, 2008).
Además del efecto térmico directo, la infraestructura verde arquitectónica contribuye a
mejorar la calidad ambiental urbana mediante captura de partículas, reducción de escorrentía,
incremento de biodiversidad urbana y mejora del paisaje cotidiano. Las cubiertas verdes
pueden retardar el escurrimiento pluvial y reducir presión sobre sistemas de drenaje, mientras
que los muros vegetales pueden interceptar contaminantes y crear microhábitats para insectos
y aves en entornos densamente urbanizados. Aunque estos beneficios varían según diseño,
especies, clima y mantenimiento, su relevancia en barrios vulnerables es alta porque suelen
coincidir déficits de confort térmico, contaminación, impermeabilización y baja disponibilidad
de espacios públicos saludables (Manso & Castro-Gomes, 2015; WHO Regional Office for
Europe, 2017).
A escala de barrio, los efectos de la infraestructura verde arquitectónica se potencian
cuando las soluciones se conectan con arbolado urbano, corredores verdes, patios permeables
y espacios comunitarios sombreados. Bowler et al. (2010) encontraron que los espacios verdes
urbanos tienden a ser más frescos que las áreas construidas circundantes, aunque la magnitud
del enfriamiento depende de la extensión, estructura y composición vegetal. En esta misma
línea, Gunawardena et al. (2017) mostraron que las áreas verdes y azules influyen en la
temperatura urbana tanto por procesos de evapotranspiración como por cambios en el balance
radiativo y en la ventilación local. Esto implica que la arquitectura verde no debe diseñarse
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como una pieza aislada, sino como nodo de una red barrial de enfriamiento (Bowler et al.,
2010; Gunawardena et al., 2017).
La dimensión sanitaria de estos efectos resulta central para los barrios vulnerables, dado
que el calor extremo incrementa riesgos de mortalidad, enfermedades cardiovasculares,
afectaciones respiratorias, deshidratación y deterioro del bienestar mental. Iungman et al.
(2023), en una evaluación de impacto en 93 ciudades europeas, estimaron que aumentar la
cobertura arbórea urbana al 30 % podría evitar 2644 muertes prematuras durante el verano, lo
que vincula la infraestructura verde con beneficios medibles en salud pública. Aunque el
estudio se centra en ciudades europeas, su implicación conceptual es transferible: reducir calor
urbano mediante vegetación no solo mejora el confort, sino que puede disminuir daños
sanitarios asociados a exposición térmica (Iungman et al., 2023).
La literatura reciente refuerza esta lectura al mostrar que los espacios verdes urbanos se
asocian con menores tasas de morbilidad y mortalidad relacionadas con calor. Nazish et al.
(2024), en una revisión sistemática publicada en BMJ Open, señalan que las áreas urbanas con
mayor presencia de verde tienden a reportar menores efectos adversos del calor, aunque
advierten que el acceso desigual a estos espacios continúa siendo un problema de salud pública.
Para la infraestructura verde arquitectónica, esta evidencia sugiere que las cubiertas, fachadas
y patios vegetados pueden funcionar como microinfraestructuras de protección térmica en
sectores donde no existen parques suficientes o donde la movilidad de niños, adultos mayores
y personas enfermas es limitada (Nazish et al., 2024).
En términos energéticos, la infraestructura verde arquitectónica puede disminuir la
transferencia de calor hacia el interior del edificio y reducir la necesidad de enfriamiento
mecánico, especialmente en viviendas con techos ligeros, alta exposición solar o deficiente
aislamiento. No obstante, su desempeño no debe sobredimensionarse: los resultados dependen
del clima local, la orientación, el régimen de vientos, la humedad disponible, el tipo de
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vegetación y la morfología urbana. Por ello, Santamouris (2014) advierte que las estrategias de
mitigación térmica deben evaluarse de manera contextual, mientras que Norton et al. (2015)
proponen priorizar infraestructura verde según exposición, vulnerabilidad y capacidad de
enfriamiento esperada, evitando soluciones genéricas de baja eficacia territorial (Santamouris,
2014; Norton et al., 2015).
La contribución ambiental también se expresa en la reducción de superficies
impermeables y en la recuperación de procesos ecológicos interrumpidos por la urbanización
intensiva. En barrios vulnerables, donde los patios suelen estar pavimentados y las áreas libres
se ocupan por necesidades habitacionales o económicas, la vegetación incorporada al edificio
puede restituir parcialmente funciones ecosistémicas perdidas. Sin embargo, estas soluciones
no sustituyen la necesidad de espacio público verde de calidad; más bien, la complementan al
multiplicar puntos de sombra, evaporación y biodiversidad en la vida cotidiana. Así, la
infraestructura verde arquitectónica opera como una estrategia intermedia entre la escala
doméstica y la escala urbana, con capacidad de articular confort, salud y ecología barrial (WHO
Regional Office for Europe, 2017; IPCC, 2022).
En síntesis, los efectos térmicos y ambientales de la infraestructura verde arquitectónica
son más consistentes cuando se integran de manera multiescalar y situada. Una cubierta verde
puede reducir la carga térmica superior del edificio, una fachada vegetal puede amortiguar la
radiación vertical, un patio verde puede mejorar ventilación y humedad local, y el arbolado
asociado puede proteger recorridos peatonales y espacios de permanencia. La revisión muestra,
por tanto, que la eficacia no depende únicamente de la presencia de vegetación, sino de su
continuidad espacial, su mantenimiento, su adecuación climática y su articulación con
necesidades sociales concretas. En barrios vulnerables, esta condición transforma la
infraestructura verde en una herramienta de adaptación climática con potencial redistributivo
(Bowler et al., 2010; Gunawardena et al., 2017; IPCC, 2022).
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Condiciones, limitaciones y brechas para su implementación en barrios vulnerables
La implementación de infraestructura verde arquitectónica en barrios vulnerables exige
reconocer que la exposición térmica no es solo un problema físico, sino también una expresión
de desigualdad urbana. Hsu et al. (2021) demostraron que, en 175 grandes áreas urbanizadas
de Estados Unidos, las personas racializadas viven en zonas con mayor intensidad superficial
de isla de calor que la población blanca no hispana en casi todas las ciudades analizadas. Esta
evidencia es relevante porque muestra que el calor urbano se distribuye de forma socialmente
desigual y que las estrategias de mitigación deben priorizar territorios históricamente
marginados, no únicamente áreas con mayor capacidad de inversión o visibilidad urbana (Hsu
et al., 2021).
La desigualdad térmica se relaciona también con la distribución histórica de la
vegetación urbana. Locke et al. (2021) analizaron 37 ciudades estadounidenses y hallaron que
la segregación residencial histórica se vincula con menor cobertura arbórea en vecindarios
desfavorecidos, evidenciando que las políticas urbanas del pasado continúan influyendo en las
condiciones ambientales actuales. Para los barrios vulnerables, esta relación implica que la
ausencia de infraestructura verde no es accidental, sino el resultado de procesos acumulativos
de desinversión, segregación, precariedad habitacional y menor capacidad institucional de
mantenimiento. En consecuencia, cualquier propuesta de infraestructura verde arquitectónica
debe incorporar criterios de justicia ambiental desde su diseño y localización (Locke et al.,
2021).
Una primera condición técnica es la capacidad estructural de las edificaciones. Las
cubiertas verdes requieren evaluar carga permanente, sobrecargas por humedad,
impermeabilización, drenaje, pendiente, accesibilidad y seguridad. En barrios vulnerables,
muchas viviendas han sido autoconstruidas, ampliadas progresivamente o edificadas con
materiales ligeros, por lo que instalar sistemas vegetados sin diagnóstico estructural puede
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generar riesgos de filtración, sobrepeso o deterioro constructivo. Por ello, la solución más
adecuada no siempre será una cubierta intensiva; en algunos casos, pueden ser más viables
sistemas extensivos ligeros, pérgolas vegetales, contenedores modulares, fachadas indirectas o
sombreados verdes de bajo peso (Manso & Castro-Gomes, 2015; Oke et al., 2017).
Una segunda condición es la disponibilidad hídrica. La vegetación enfría en gran
medida por evapotranspiración, pero este proceso requiere humedad suficiente en el sustrato y
un diseño que evite tanto el estrés hídrico como el consumo excesivo de agua potable. En
climas secos o durante olas de calor prolongadas, una cubierta verde mal irrigada puede perder
capacidad de enfriamiento y convertirse en una superficie degradada. De ahí que la
infraestructura verde arquitectónica deba vincularse con captación pluvial, reúso de aguas
grises, especies nativas o adaptadas, riego eficiente y sustratos con buena retención hídrica.
Esta condición es crucial en barrios vulnerables, donde el acceso al agua puede ser irregular y
los costos de operación pueden comprometer la permanencia del sistema (Takebayashi &
Moriyama, 2007; Gunawardena et al., 2017).
Una tercera condición corresponde al mantenimiento. A diferencia de una intervención
mineral, la infraestructura verde arquitectónica es un sistema vivo: crece, pierde cobertura,
requiere poda, reposición, control de plagas, limpieza de drenajes y seguimiento del sustrato.
Manso y Castro-Gomes (2015) subrayan que los sistemas de muro verde presentan distintas
exigencias tecnológicas, y Perini y Rosasco (2013) muestran que el análisis económico debe
considerar costos de ciclo de vida, no solo inversión inicial. En barrios vulnerables, esta
advertencia es decisiva porque una intervención sin presupuesto de mantenimiento puede
fracasar rápidamente, deteriorar la confianza comunitaria y reforzar la percepción de que las
soluciones verdes son costosas o poco realistas (Manso & Castro-Gomes, 2015; Perini &
Rosasco, 2013).
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La dimensión económica constituye otra limitación sustantiva. Las fachadas verdes de
baja complejidad pueden tener costos relativamente menores, pero los muros vivos con
sistemas modulares, riego automatizado y sustratos especializados suelen requerir inversión
inicial y mantenimiento técnico más elevados. Perini y Rosasco (2013) plantean que el análisis
costo-beneficio de fachadas y muros verdes debe integrar beneficios privados y sociales, como
ahorro energético, mejora estética, valorización inmobiliaria y reducción de externalidades
ambientales. Sin embargo, en barrios vulnerables, la valorización inmobiliaria puede ser
ambivalente: puede mejorar el entorno, pero también aumentar presión sobre residentes si no
se acompaña de políticas de protección social (Perini & Rosasco, 2013; Anguelovski et al.,
2022).
El riesgo de gentrificación verde es una brecha crítica en la implementación.
Anguelovski et al. (2022) encontraron una relación positiva entre procesos de reverdecimiento
urbano y gentrificación en una proporción importante de ciudades europeas y norteamericanas
analizadas, lo que evidencia que las mejoras ambientales pueden producir exclusión si se
integran a dinámicas de renovación urbana orientadas por el mercado. Para barrios vulnerables,
esto significa que la infraestructura verde arquitectónica debe ir acompañada de salvaguardas:
vivienda asequible, control de desplazamiento, participación vinculante, financiamiento
público redistributivo y protección de residentes. Sin estas condiciones, una intervención
climática puede terminar profundizando la injusticia que pretendía corregir (Anguelovski et al.,
2022; Anguelovski, 2023).
La gobernanza es otra condición determinante. La infraestructura verde arquitectónica
se ubica frecuentemente en la frontera entre propiedad privada, beneficio público y
responsabilidad institucional. Un techo verde en una vivienda genera beneficios para sus
habitantes, pero también puede contribuir a reducir temperatura barrial; una fachada vegetal
mejora el edificio, pero afecta el paisaje urbano; un patio comunitario vegetado requiere reglas
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de uso y mantenimiento. Por ello, los modelos de implementación deben definir quién financia,
quién mantiene, quién decide las especies, quién monitorea resultados y quién recibe
beneficios. La Organización Mundial de la Salud advierte que las intervenciones verdes
requieren mejor monitoreo de impactos en salud y equidad, especialmente cuando se destinan
a poblaciones de menor nivel socioeconómico (WHO Regional Office for Europe, 2017).
También existe una brecha de evidencia en torno a la escala arquitectónica en barrios
vulnerables. Muchas investigaciones analizan parques urbanos, arbolado o cobertura verde
mediante sensores remotos, mientras que menos estudios evalúan de forma integrada cubiertas,
fachadas, patios, tipologías de vivienda y condiciones socioeconómicas. Esta separación limita
la comprensión de cómo la infraestructura verde arquitectónica puede actuar en tejidos
residenciales informales, densos o autoconstruidos. Norton et al. (2015) proponen priorizar
infraestructura verde según el lugar y el propósito, lo que exige pasar de recomendaciones
generales a criterios específicos de diseño: orientación solar, forma urbana, déficit de sombra,
población expuesta, capacidad de mantenimiento y compatibilidad constructiva (Norton et al.,
2015; Oke et al., 2017).
La brecha metodológica se acentúa porque los estudios no siempre miden los mismos
indicadores. Algunos se enfocan en temperatura superficial, otros en temperatura del aire, otros
en demanda energética, confort térmico peatonal, humedad relativa, mortalidad o percepción
social. Esta heterogeneidad dificulta comparar resultados entre soluciones y contextos
climáticos. En barrios vulnerables, además, se requieren métricas que combinen desempeño
térmico y justicia espacial: reducción de grados de exposición, número de hogares
beneficiados, continuidad de sombra, accesibilidad, costos de mantenimiento y efectos sobre
población sensible. Sin estas métricas, la infraestructura verde puede evaluarse como éxito
técnico aunque no reduzca de manera significativa la vulnerabilidad cotidiana (Bowler et al.,
2010; Gunawardena et al., 2017; WHO Regional Office for Europe, 2017).
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Otra limitación es la transferencia acrítica de modelos provenientes de ciudades del
Norte Global. Li et al. (2024) mostraron que los espacios verdes proporcionan enfriamiento
urbano de forma sustancial pero desigual a escala mundial, con diferencias importantes en la
capacidad de enfriamiento asociadas a cantidad, calidad y distribución de áreas verdes. Esta
evidencia advierte que las estrategias exitosas en ciudades con alta inversión pública, climas
templados o edificios técnicamente regulados no pueden trasladarse sin adaptación a barrios
vulnerables del Sur Global. En estos contextos, la infraestructura verde arquitectónica debe ser
climáticamente pertinente, económicamente asequible, constructivamente segura y
socialmente apropiable (Li et al., 2024).
También debe considerarse la tensión entre densificación y vegetación. Muchos barrios
vulnerables enfrentan hacinamiento, subdivisión predial, ampliaciones sucesivas y ocupación
de patios, lo que reduce superficies disponibles para vegetación. Sin embargo, esta restricción
no anula la posibilidad de infraestructura verde; más bien exige soluciones de bajo consumo
espacial, como jardines verticales comunitarios, cubiertas ligeras, corredores de sombra,
fachadas con trepadoras, balcones vegetados y sistemas modulares. La clave consiste en evitar
soluciones estandarizadas y diseñar ensamblajes verdes compatibles con estructuras existentes,
prácticas domésticas y capacidades locales de cuidado (Manso & Castro-Gomes, 2015;
Alexandri & Jones, 2008).
La participación comunitaria aparece como condición transversal. En barrios
vulnerables, la infraestructura verde arquitectónica no puede imponerse únicamente como
intervención técnica, porque su permanencia depende de uso, cuidado, legitimidad y
apropiación social. Las especies seleccionadas, los sistemas de riego, la ubicación de sombras,
el acceso a terrazas o patios y la distribución de responsabilidades deben dialogar con
necesidades locales. En este sentido, la infraestructura verde es más efectiva cuando se diseña
como infraestructura cotidiana: refresca, pero también produce espacios de encuentro, mejora
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la percepción de seguridad, embellece el entorno y fortalece vínculos de corresponsabilidad.
Esta dimensión coincide con la evidencia de la OMS sobre beneficios sociales y de salud
derivados de intervenciones verdes bien gestionadas (WHO Regional Office for Europe, 2017).
Finalmente, la principal brecha identificada no consiste en demostrar que la vegetación
enfría, pues esa relación está ampliamente respaldada, sino en determinar bajo qué condiciones
enfría de manera justa, durable y verificable en barrios vulnerables. Se requieren
investigaciones longitudinales, estudios comparativos entre tipologías arquitectónicas verdes,
análisis de costo de ciclo de vida, mediciones en condiciones de ola de calor, evaluaciones
posocupación y marcos de gobernanza que integren salud, equidad y mantenimiento. Por tanto,
la infraestructura verde arquitectónica debe avanzar desde el catálogo de soluciones hacia una
política de adaptación climática territorializada, capaz de reducir exposición térmica sin
producir nuevas formas de exclusión urbana (IPCC, 2022; Anguelovski et al., 2022; Norton et
al., 2015).
Discusión
Los resultados de esta revisión permiten afirmar que la infraestructura verde
arquitectónica constituye una estrategia pertinente para mitigar las islas de calor en barrios
vulnerables, pero su eficacia no puede reducirse a la mera incorporación de vegetación sobre
edificios. Su valor radica en la capacidad de intervenir superficies urbanas térmicamente
críticas —cubiertas, fachadas, patios, terrazas, medianeras y bordes edificados— que en tejidos
densos suelen permanecer expuestas a radiación solar intensa y a materiales de elevada
acumulación térmica. En este sentido, los hallazgos dialogan con la teoría clásica del balance
energético urbano, según la cual la isla de calor se intensifica por la pérdida de
evapotranspiración, el almacenamiento de calor en superficies construidas y la modificación
de los intercambios radiativos dentro de la morfología urbana (Oke, 1982). Por tanto, la
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infraestructura verde arquitectónica no debe asumirse como adición paisajística, sino como
dispositivo de corrección microclimática en la interfaz entre edificio, calle y habitabilidad
cotidiana.
La evidencia revisada muestra que cubiertas verdes, fachadas vegetales y sistemas de
reverdecimiento de la envolvente producen beneficios térmicos mediante sombreado,
evapotranspiración, aislamiento y reducción de temperaturas superficiales; sin embargo, dichos
beneficios dependen de condiciones de diseño que suelen omitirse en lecturas simplificadas.
Las cubiertas verdes, por ejemplo, no generan el mismo desempeño cuando varían el espesor
del sustrato, la humedad disponible, la selección vegetal, la orientación y la carga estructural
admisible; del mismo modo, los muros verdes poseen exigencias diferenciadas según sean
fachadas con trepadoras, sistemas modulares, paneles vivos o soluciones hidropónicas
(Santamouris, 2014; Manso & Castro-Gomes, 2015). Esta heterogeneidad confirma que el
enfriamiento no es una propiedad automática de la vegetación, sino el resultado de una
articulación técnica entre clima, materialidad, agua, mantenimiento y forma urbana.
Asimismo, la discusión debe desplazar el análisis desde el edificio aislado hacia la
escala barrial, porque el calor urbano se produce por acumulación de superficies, flujos y
desigualdades espaciales. Las intervenciones arquitectónicas verdes pueden mejorar el confort
interior de viviendas expuestas, pero su impacto urbano se amplifica cuando se conectan con
arbolado, corredores verdes, suelos permeables y espacios de permanencia sombreados. Esta
interpretación coincide con revisiones que señalan que el reverdecimiento urbano puede reducir
temperaturas, aunque la magnitud del efecto varía por extensión, estructura y distribución de
la vegetación (Bowler et al., 2010; Gunawardena et al., 2017). En consecuencia, la
infraestructura verde arquitectónica debe concebirse como una red multiescalar de
enfriamiento, y no como una suma fragmentaria de techos o fachadas verdes sin continuidad
territorial.
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Un aspecto sustantivo de la revisión es que los beneficios térmicos tienen implicaciones
sanitarias y sociales, especialmente en barrios donde la vulnerabilidad climática coincide con
precariedad constructiva, limitada climatización mecánica y menor acceso a espacios verdes.
El calor extremo incrementa riesgos para la salud, y la infraestructura verde urbana ha sido
asociada con reducciones potenciales de mortalidad y morbilidad relacionadas con altas
temperaturas (Iungman et al., 2023; Nazish et al., 2024). Desde esta perspectiva, el aporte de
cubiertas, fachadas y patios vegetados no se restringe al confort ambiental, sino que puede
integrarse a políticas preventivas de salud urbana. No obstante, esta potencialidad exige
priorizar población expuesta, no solamente edificios emblemáticos o zonas con mayor
capacidad de inversión.
La revisión también confirma que las islas de calor no son un fenómeno exclusivamente
físico, sino una expresión espacial de desigualdades urbanas acumuladas. Estudios sobre
exposición térmica han mostrado que poblaciones racializadas y hogares de menores ingresos
enfrentan cargas desproporcionadas de calor urbano, mientras que la segregación residencial
histórica se relaciona con menores coberturas de arbolado en vecindarios desfavorecidos (Hsu
et al., 2021; Locke et al., 2021). Esta evidencia obliga a discutir la infraestructura verde
arquitectónica desde la justicia ambiental: su implementación sería insuficiente si reproduce la
lógica de inversión que privilegia centralidades, distritos valorizados o proyectos de renovación
inmobiliaria. Por el contrario, su pertinencia científica y política depende de que se oriente
hacia barrios térmicamente deficitarios y socialmente expuestos.
Sin embargo, los resultados advierten que la infraestructura verde puede producir
efectos contradictorios si se instala sin gobernanza social ni salvaguardas territoriales. La
literatura sobre gentrificación verde ha demostrado que algunas intervenciones ambientales se
asocian con valorización inmobiliaria, sustitución social y desplazamiento indirecto de
residentes, sobre todo cuando se insertan en programas de renovación urbana orientados al
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mercado (Anguelovski et al., 2022). Por ello, la mitigación térmica en barrios vulnerables
requiere políticas complementarias de vivienda asequible, mantenimiento público,
participación vinculante, protección de residentes y financiamiento redistributivo. En ausencia
de estas condiciones, una solución climática puede convertirse paradójicamente en un
mecanismo de exclusión socioespacial.
Las limitaciones técnicas identificadas refuerzan la necesidad de evitar enfoques
prescriptivos. En barrios con viviendas autoconstruidas o con ampliaciones progresivas, la
capacidad portante de cubiertas, la impermeabilización, el drenaje, la disponibilidad hídrica y
la seguridad de mantenimiento son condiciones decisivas. Además, los sistemas vivos exigen
continuidad de cuidado: riego, poda, reposición vegetal, limpieza de drenajes y control
fitosanitario. Esto coincide con la recomendación de priorizar infraestructura verde según
lugar, propósito, exposición térmica y factibilidad operativa, en lugar de aplicar soluciones
homogéneas sin diagnóstico contextual (Norton et al., 2015). Así, la discusión revela que la
pregunta central no es solo qué sistema enfría más, sino qué sistema puede permanecer
funcional, asequible y seguro en contextos de vulnerabilidad urbana.
En términos metodológicos, la revisión evidencia una brecha persistente: gran parte de
la literatura mide parques, cobertura arbórea o temperatura superficial mediante sensores
remotos, mientras que existe menor integración entre desempeño arquitectónico, confort
peatonal, salud, costos de mantenimiento y equidad socioespacial. Esta fragmentación dificulta
comparar cubiertas verdes, fachadas vegetales, patios bioclimáticos y corredores verdes bajo
criterios comunes. Además, estudios globales recientes muestran que el enfriamiento provisto
por espacios verdes es sustancial, pero desigualmente distribuido entre ciudades y regiones, lo
cual refuerza la necesidad de incorporar métricas de justicia térmica y no solo indicadores
ambientales agregados (Li et al., 2024). Por consiguiente, futuras investigaciones deberían
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combinar mediciones microclimáticas, evaluación posocupacional, análisis económico de ciclo
de vida y participación comunitaria.
Finalmente, la discusión permite sostener que la infraestructura verde arquitectónica
posee un potencial relevante para mitigar islas de calor en barrios vulnerables, siempre que se
la conciba como política de adaptación climática territorializada y no como catálogo de
soluciones verdes descontextualizadas. Su contribución más original consiste en articular
desempeño térmico, habitabilidad, salud pública y justicia ambiental en superficies edificadas
que suelen quedar fuera de las estrategias convencionales de reverdecimiento urbano. De este
modo, el artículo aporta una lectura crítica: la vegetación arquitectónica puede enfriar, pero su
verdadero valor científico y social dependerá de que enfríe allí donde el calor produce mayor
daño, de manera técnicamente viable, ambientalmente sostenible y socialmente no excluyente
(WHO Regional Office for Europe, 2017; Anguelovski et al., 2022; Li et al., 2024).
Conclusión
La infraestructura verde arquitectónica se consolida como una estrategia pertinente para
mitigar las islas de calor en barrios vulnerables, siempre que sea concebida como una
intervención climática, social y territorial, y no como un recurso ornamental aislado. Las
cubiertas verdes, fachadas vegetales, patios bioclimáticos, corredores verdes y sistemas de
arbolado asociados a las edificaciones permiten intervenir superficies urbanas altamente
expuestas a la radiación solar, reduciendo la acumulación térmica y favoreciendo condiciones
de habitabilidad más saludables. En este sentido, su principal aporte consiste en trasladar la
adaptación climática hacia la escala cotidiana del barrio y de la vivienda, donde el calor afecta
con mayor intensidad a poblaciones con menores recursos de protección.
Los hallazgos permiten concluir que los efectos térmicos y ambientales de estas
soluciones dependen de su diseño, continuidad espacial, disponibilidad hídrica, selección
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vegetal, mantenimiento y adecuación al contexto urbano. Por ello, no basta con incorporar
vegetación de manera fragmentada; es necesario articular las soluciones verdes con la
morfología del barrio, la orientación solar, las características constructivas de las viviendas y
las necesidades de los habitantes. Cuando se aplican de forma integrada, estas estrategias
pueden reducir temperaturas superficiales, mejorar el confort térmico interior y exterior,
disminuir la demanda energética de refrigeración, favorecer la retención de agua pluvial y
contribuir a la recuperación ambiental de tejidos urbanos degradados.
También se concluye que la mitigación térmica en barrios vulnerables exige una
perspectiva de justicia ambiental. Las zonas con menor cobertura vegetal, mayor precariedad
constructiva y menor acceso a infraestructura urbana suelen ser las más expuestas al calor, por
lo que la infraestructura verde arquitectónica debe priorizarse en función de la vulnerabilidad
y no únicamente de la rentabilidad urbana o la visibilidad paisajística. De este modo, su
implementación puede contribuir a reducir desigualdades climáticas acumuladas, siempre que
se acompañe de mecanismos de financiamiento público, participación comunitaria, protección
de residentes y mantenimiento sostenido.
No obstante, la revisión evidencia que existen limitaciones relevantes para su
aplicación. Entre ellas destacan los costos iniciales, la capacidad estructural de las
edificaciones, el acceso al agua, la falta de asistencia técnica, la ausencia de políticas de
mantenimiento y el riesgo de que las mejoras ambientales impulsen procesos de valorización
urbana excluyente. Por tanto, la infraestructura verde arquitectónica debe integrarse a
programas de mejoramiento barrial, vivienda digna, salud urbana y adaptación climática,
evitando que sus beneficios se concentren en sectores con mayor capacidad económica.
Finalmente, el artículo permite afirmar que la principal brecha no consiste en demostrar
si la vegetación contribuye al enfriamiento urbano, sino en determinar bajo qué condiciones
puede hacerlo de manera equitativa, durable y verificable en barrios vulnerables. Futuras
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investigaciones deberán profundizar en evaluaciones comparativas entre cubiertas verdes,
fachadas vegetales y soluciones híbridas; mediciones microclimáticas en condiciones reales de
uso; análisis de costo de ciclo de vida; percepción comunitaria; y modelos de gobernanza que
garanticen permanencia. En consecuencia, la infraestructura verde arquitectónica representa
una vía prometedora para enfrentar las islas de calor, siempre que su diseño responda
simultáneamente a criterios térmicos, ambientales, sociales y éticos.
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