Código Científico Revista de Investigación/ V.7/ N.E1/ www.revistacodigocientifico.itslosandes.net
ISSN: 2806-5697
Vol. 7 – Núm. E1 / 2026
pág. 197
Estrategias pedagógicas basadas en la educación emocional para
la inclusión de estudiantes con necesidades educativas especiales
(NEE)
Teaching strategies based on emotional education for the inclusion of
students with special educational needs (SEN)
Estratégias pedagógicas baseadas na educação emocional para a inclusão
de alunos com necessidades educativas especiais (NEE)
Cueva-Gómez, Martha Maribel
Investigador Independiente
valisamar@gmail.com
https://orcid.org/0009-0003-7766-3902
Tomalá-Vera, Tania Verónica
Investigador Independiente
tania.tomala@educacion.gob.ec
https://orcid.org/0009-0004-4083-4824
Paredes-Murillo, María Edelmira
Investigador Independiente
maritapm@hotmail.es
https://orcid.org/0009-0007-6976-1528
Rodríguez-Chalen, Martha Karina
Investigador Independiente
rosariokarinroch@gmail.com
https://orcid.org/0009-0002-1147-8889
Tipan-Guashca, Geovanna Jessica
Investigador Independiente
jessicageovanna5@hotmail.com
https://orcid.org/0009-0002-1429-7880
DOI / URL: https://doi.org/10.55813/gaea/ccri/v7/nE1/1287
Como citar:
Cueva-Gómez, M. M., Tomalá-Vera, T. V., Paredes-Murillo, M. E., Rodríguez-Chalen, M. K.,
& Tipan-Guashca, G. J. (2026). Estrategias pedagógicas basadas en la educación emocional
para la inclusión de estudiantes con necesidades educativas especiales (NEE). Código
Científico Revista De Investigación, 7(E1), 197–221.
Recibido: 18/02/2026 Aceptado: 03/03/2026 Publicado: 31/03/2026
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Volumen 7, Número Especial 1, 2026
Resumen
La inclusión educativa del estudiantado con necesidades educativas especiales exige superar
una visión centrada solo en el acceso escolar e incorporar mediaciones emocionales que
favorezcan participación, pertenencia y reconocimiento. Este estudio tuvo como propósito
analizar las estrategias pedagógicas basadas en la educación emocional que pueden fortalecer
dicha inclusión. Se desarrolló una revisión bibliográfica exploratoria, de enfoque cualitativo y
alcance descriptivo-interpretativo, mediante búsqueda, depuración y análisis temático-
narrativo de literatura académica e institucional publicada entre 2015 y 2025 en bases
especializadas. Los resultados muestran que la educación emocional fortalece la
autorregulación y la expresión afectiva, mejora el bienestar y el sentido de pertenencia, reduce
barreras relacionales y exclusión entre pares, y potencia el papel del profesorado como
mediador de climas inclusivos. Asimismo, se identificó que la eficacia de estas estrategias
depende de su adaptación a los distintos perfiles de necesidades educativas especiales. Se
concluye que la educación emocional puede robustecer la inclusión escolar cuando se articula
con una pedagogía flexible, relacional y sensible a la diversidad.
Palabras clave: educación emocional; inclusión educativa; necesidades educativas especiales;
clima escolar; mediación docente.
Abstract
The educational inclusion of students with special educational needs requires moving beyond
a vision focused solely on school access and incorporating emotional mediations that promote
participation, belonging, and recognition. The purpose of this study was to analyze pedagogical
strategies based on emotional education that can strengthen such inclusion. An exploratory
literature review was conducted, using a qualitative approach and descriptive-interpretative
scope, through the search, screening, and thematic-narrative analysis of academic and
institutional literature published between 2015 and 2025 in specialized databases. The results
show that emotional education strengthens self-regulation and affective expression, improves
well-being and a sense of belonging, reduces relational barriers and exclusion among peers,
and enhances the role of teachers as mediators of inclusive environments. Likewise, it was
identified that the effectiveness of these strategies depends on their adaptation to different
profiles of special educational needs. It is concluded that emotional education can strengthen
school inclusion when it is articulated with a flexible, relational, and diversity-sensitive
pedagogy.
Keywords: emotional education; educational inclusion; special educational needs; school
climate; teacher mediation.
Resumo
A inclusão educacional de alunos com necessidades educativas especiais exige superar uma
visão centrada apenas no acesso escolar e incorporar mediações emocionais que favoreçam a
participação, o pertencimento e o reconhecimento. Este estudo teve como objetivo analisar as
estratégias pedagógicas baseadas na educação emocional que podem fortalecer essa inclusão.
Foi desenvolvida uma revisão bibliográfica exploratória, com enfoque qualitativo e alcance
descritivo-interpretativo, por meio da pesquisa, depuração e análise temática-narrativa da
literatura académica e institucional publicada entre 2015 e 2025 em bases especializadas. Os
resultados mostram que a educação emocional fortalece a autorregulação e a expressão afetiva,
melhora o bem-estar e o sentimento de pertença, reduz as barreiras relacionais e a exclusão
entre pares e potencia o papel do professor como mediador de climas inclusivos. Além disso,
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identificou-se que a eficácia dessas estratégias depende da sua adaptação aos diferentes perfis
de necessidades educativas especiais. Conclui-se que a educação emocional pode fortalecer a
inclusão escolar quando articulada com uma pedagogia flexível, relacional e sensível à
diversidade.
Palavras-chave: educação emocional; inclusão educacional; necessidades educacionais
especiais; clima escolar; mediação docente.
Introducción
La educación inclusiva ya no puede entenderse solo como acceso físico al aula, sino
como la capacidad del sistema escolar para remover barreras de participación, aprendizaje y
reconocimiento de la diversidad. Desde esa perspectiva, la inclusión del estudiantado con
necesidades educativas especiales (NEE) exige revisar no solo apoyos curriculares o
adaptaciones didácticas, sino también los procesos emocionales que atraviesan la convivencia,
la pertenencia y la participación escolar. Este énfasis es especialmente pertinente en un
escenario internacional y latinoamericano donde la UNESCO ha insistido en que la inclusión
debe abarcar currículo, pedagogía y cultura escolar, mientras que UNICEF ha estimado que
cerca de 240 millones de niños, niñas y adolescentes viven con alguna discapacidad en el
mundo. A la vez, en América Latina y el Caribe se ha reforzado la idea de integrar
explícitamente las habilidades socioemocionales al trabajo pedagógico para construir entornos
educativos más inclusivos y efectivos (UNESCO, 2020, 2024; UNICEF, 2021).
Sin embargo, el problema no reside únicamente en la matrícula o permanencia de los
estudiantes con NEE, sino en las experiencias de exclusión que persisten dentro de la escuela
ordinaria. La evidencia muestra que este alumnado enfrenta con mayor frecuencia situaciones
de violencia, acoso, aislamiento, menor bienestar subjetivo y débil sentido de pertenencia,
condiciones que deterioran tanto su aprendizaje como su desarrollo psicosocial. UNESCO
(2021) advirtió que, en todos los estudios revisados por el organismo, los estudiantes con
discapacidad eran tan o más propensos que sus pares sin discapacidad a sufrir violencia y
bullying escolar. En la misma línea, Hassani y Schwab (2021) señalan que los estudiantes con
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necesidades educativas especiales suelen presentar menores niveles de bienestar, pertenencia
escolar y competencias socioemocionales, lo que vuelve insuficiente una inclusión centrada
exclusivamente en ajustes académicos. Si estas afectaciones no se abordan de forma
pedagógica y preventiva, la inclusión corre el riesgo de ser formal, pero no vivida ni sostenible
(Hassani & Schwab, 2021; UNESCO, 2021).
Ahora bien, la literatura sobre educación emocional y aprendizaje socioemocional
ofrece argumentos sólidos para pensar que la escuela puede intervenir sobre este problema de
manera sistemática. La meta-análisis de Cipriano et al. (2024) confirmó que los programas
universales de aprendizaje socioemocional mejoran el rendimiento académico, el
funcionamiento escolar, las habilidades sociales y emocionales, las actitudes, los
comportamientos y la percepción del clima y la seguridad escolar. Asimismo, en el contexto
iberoamericano, Fernández-Martín et al. (2021) sintetizaron 22 estudios y concluyeron que los
programas socioemocionales han mostrado resultados favorables en variables académicas y
socioemocionales en educación inicial, primaria y secundaria. No obstante, estos avances
conviven con dos limitaciones importantes: la mayor parte de la evidencia proviene de
contextos anglosajones y de programas universales, y los efectos de seguimiento a mediano
plazo todavía son menos consistentes. Por ello, trasladar estas conclusiones al campo específico
de las NEE requiere un examen crítico y no una extrapolación automática (Cipriano et al.,
2024; Fernández-Martín et al., 2021).
Con todo, cuando la atención se desplaza específicamente hacia estudiantes con
discapacidad o NEE, la base empírica se vuelve mucho más estrecha. Daley y McCarthy (2021)
hallaron que, de 166 estudios sobre intervenciones universales de aprendizaje socioemocional
en educación media y secundaria, solo 19 mencionaban explícitamente la inclusión de
estudiantes con discapacidad, y apenas un número muy reducido analizaba sus resultados como
subgrupo. A su vez, Hagarty y Morgan (2020), al revisar programas para niños y jóvenes con
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dificultades de aprendizaje, encontraron evidencia preliminar de factibilidad, pero escasa
evidencia robusta sobre la efectividad de los programas combinados. En términos más amplios,
Hassani y Schwab (2021) identificaron apenas 11 estudios elegibles para estudiantes con NEE
y reportaron efectos positivos principalmente pequeños, además de una fuerte concentración
de investigaciones en Estados Unidos. Esta brecha importa porque impide saber con claridad
qué estrategias emocionales funcionan, para quiénes, bajo qué condiciones y con qué alcance
inclusivo real (Daley & McCarthy, 2021; Hagarty & Morgan, 2020; Hassani & Schwab, 2021).
Por ello, resulta justificado revisar las estrategias pedagógicas basadas en la educación
emocional como un campo con potencial teórico, social y metodológico para fortalecer la
inclusión de estudiantes con NEE. En el plano social, porque la educación emocional puede
contribuir a reducir prácticas de exclusión cotidiana al mejorar la empatía, la autorregulación,
la convivencia y el reconocimiento del otro; en el plano teórico, porque permite articular
inclusión, clima escolar y desarrollo socioemocional dentro de un mismo marco interpretativo;
y en el plano metodológico, porque ayuda a distinguir entre programas universales,
adaptaciones específicas y condiciones docentes de implementación. Esta última dimensión es
crucial: Llorent et al. (2024) encontraron una relación positiva entre la educación inclusiva
desplegada por el profesorado y las competencias sociales y emocionales del alumnado,
mientras que Calandri et al. (2025) subrayan que la competencia emocional docente influye en
el compromiso estudiantil, la gestión del aula, las relaciones pedagógicas y el clima inclusivo.
Además, una revisión bibliográfica sobre este tema es viable porque hoy existe un corpus
reciente de revisiones sistemáticas, metaanálisis e informes internacionales suficientemente
sólido para ser integrado críticamente (Calandri et al., 2025; Llorent et al., 2024; UNESCO,
2020).
En este marco, la presente revisión bibliográfica tiene como objetivo general analizar
las estrategias pedagógicas basadas en la educación emocional que pueden favorecer la
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inclusión de estudiantes con NEE. De manera complementaria, se propone identificar los
principales problemas socioemocionales asociados a la experiencia escolar de este alumnado,
examinar la evidencia disponible sobre la efectividad de programas y prácticas de educación
emocional en contextos inclusivos, comparar los hallazgos reportados para distintos perfiles de
NEE y sintetizar orientaciones pedagógicas útiles para la formación docente y la toma de
decisiones escolares. La contribución esperada del trabajo radica, precisamente, en ordenar un
campo todavía fragmentado, mostrando que la inclusión no depende solo de recursos o
normativas, sino también de mediaciones emocionales y pedagógicas capaces de convertir la
diversidad en una experiencia de participación genuina. En esa articulación entre inclusión y
educación emocional se sitúa la originalidad y pertinencia de esta revisión (Calandri et al.,
2025; Hassani & Schwab, 2021; UNESCO, 2024).
Metodología
El presente estudio se desarrolló como una revisión bibliográfica exploratoria de
enfoque cualitativo y alcance descriptivo-interpretativo, orientada a identificar, organizar y
analizar la producción científica sobre estrategias pedagógicas basadas en la educación
emocional para la inclusión de estudiantes con necesidades educativas especiales en contextos
escolares. Esta elección metodológica resultó pertinente porque el tema articula tradiciones de
investigación diversas —educación inclusiva, educación emocional, aprendizaje
socioemocional, atención a la diversidad y práctica docente—, por lo que no se buscó estimar
tamaños de efecto ni realizar una síntesis metaanalítica, sino reconocer tendencias,
convergencias, vacíos y aportes conceptuales del campo. En consecuencia, la revisión se
asumió como un procedimiento de integración crítica del conocimiento existente, útil cuando
el propósito principal consiste en delimitar el estado de la cuestión y construir una base
interpretativa para futuras investigaciones y decisiones pedagógicas.
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La búsqueda documental se estructuró mediante un protocolo explícito de localización,
depuración y selección de fuentes, tomando como referencia criterios de transparencia y
trazabilidad habitualmente recomendados para revisiones de literatura, aunque sin asumir el
formato estricto de una revisión sistemática. Para ello, se consultaron bases de datos
académicas de amplia cobertura en educación y ciencias sociales, entre ellas Scopus, Web of
Science, ERIC, SciELO, Redalyc y Google Scholar, con el fin de recuperar publicaciones en
español e inglés. Se emplearon combinaciones de descriptores y operadores booleanos como
“educación emocional”, “aprendizaje socioemocional”, “inclusión educativa”, “necesidades
educativas especiales”, “special educational needs”, “inclusive education”, “social-emotional
learning” y “pedagogical strategies”, priorizando estudios publicados entre 2015 y 2025, sin
excluir trabajos seminales previos cuando resultaban indispensables para la comprensión
metodológica o conceptual del tema.
En cuanto a los criterios de selección, se incluyeron artículos revisados por pares,
revisiones previas, capítulos académicos y documentos institucionales de alta autoridad que
abordaran de manera directa la relación entre educación emocional, estrategias pedagógicas,
inclusión escolar y atención al alumnado con NEE. Por el contrario, se excluyeron trabajos
duplicados, publicaciones sin texto completo accesible, estudios centrados exclusivamente en
abordajes clínicos ajenos al ámbito educativo, documentos de opinión sin sustento analítico y
textos que trataran la educación emocional sin vincularla con procesos de inclusión o atención
a la diversidad. La depuración del material se realizó en tres momentos sucesivos: lectura de
títulos, revisión de resúmenes y examen completo de los textos potencialmente pertinentes.
Posteriormente, cada documento seleccionado se registró en una matriz analítica que incorporó
autoría, año, país, propósito, enfoque metodológico, población o contexto, tipo de estrategia
pedagógica, principales hallazgos, limitaciones y contribución para el problema estudiado, con
el fin de favorecer una síntesis ordenada y comparativa de la evidencia recuperada.
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Finalmente, la información sistematizada se examinó mediante un análisis temático-
narrativo, orientado a agrupar los estudios por núcleos de sentido recurrentes, tales como
desarrollo de competencias socioemocionales, clima de aula inclusivo, mediación docente,
relaciones entre pares, adaptación pedagógica y condiciones institucionales para la inclusión.
Esta fase no buscó homogeneizar resultados heterogéneos, sino interpretar críticamente
coincidencias y divergencias entre enfoques, poblaciones y contextos, destacando tanto los
avances como las áreas insuficientemente investigadas. Para fortalecer el rigor expositivo, la
redacción final atendió criterios de claridad argumentativa, explicitación de objetivos,
descripción de la búsqueda y adecuada presentación de la evidencia. Desde el punto de vista
ético, al tratarse de una revisión de fuentes publicadas, no se requirió intervención con seres
humanos ni acceso a datos sensibles; no obstante, se preservaron los principios de integridad
académica mediante la citación fiel, la trazabilidad de las fuentes y la evitación de distorsiones
interpretativas en la síntesis de los hallazgos.
Resultados
Incidencia de las estrategias de educación emocional en la inclusión de estudiantes con
necesidades educativas especiales (NEE)
La literatura científica reciente permite sostener que la incidencia de las estrategias de
educación emocional en la inclusión de estudiantes con necesidades educativas especiales no
debe interpretarse como un efecto marginal o complementario, sino como una mediación
pedagógica de primer orden en la configuración de trayectorias escolares más participativas,
más seguras y socialmente más habitables. En términos generales, la investigación sobre
aprendizaje socioemocional en contextos escolares ha mostrado beneficios consistentes sobre
el rendimiento, el funcionamiento escolar, las habilidades socioemocionales, las actitudes, la
conducta y la percepción del clima escolar; sin embargo, cuando el foco se desplaza
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específicamente hacia el alumnado con NEE, la evidencia se vuelve más fragmentaria y menos
robusta, aunque igualmente promisoria (Cipriano et al., 2024; Daley & McCarthy, 2021;
Hassani & Schwab, 2021). Desde esta perspectiva, la educación emocional adquiere valor
inclusivo no solo porque favorece el desarrollo de competencias individuales, sino porque
reordena las condiciones relacionales mediante las cuales un estudiante puede sentirse
reconocido, comprendido y efectivamente incorporado a la vida escolar común (Prince &
Hadwin, 2013; Llorent et al., 2024).
En ese marco, conviene subrayar que la inclusión auténtica del estudiantado con NEE
no se agota en la presencia física en el aula ni en la existencia de ajustes curriculares, sino que
exige examinar cómo se construyen la participación emocional, el bienestar subjetivo, la
interacción con los pares y la percepción de pertenencia. Alnahdi et al. (2022) muestran que
los estudiantes con NEE tienden a reportar niveles más bajos de inclusión emocional, inclusión
social y autoconcepto académico que sus compañeros sin NEE, mientras que Hassani y Schwab
(2021) indican que las intervenciones socioemocionales dirigidas a esta población suelen
producir efectos positivos, aunque predominantemente pequeños y heterogéneos. Por ello, el
valor de las estrategias emocionales radica en que pueden operar como un puente entre el ideal
normativo de la inclusión y su materialización cotidiana en el aula, siempre que sean diseñadas
e implementadas con sensibilidad pedagógica, continuidad institucional y atención a la
diversidad de perfiles que integran la categoría NEE (Alnahdi et al., 2022; Hassani & Schwab,
2021; Calandri et al., 2025).
Autorregulación emocional y expresión afectiva
Uno de los ámbitos donde la educación emocional muestra una incidencia más nítida
sobre la inclusión es el fortalecimiento de la autorregulación emocional y de la expresión
afectiva. Este punto es decisivo porque numerosos estudiantes con NEE afrontan dificultades
añadidas para identificar sus estados emocionales, verbalizar malestar, tolerar la frustración,
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anticipar consecuencias interpersonales o modular respuestas conductuales en situaciones de
exigencia escolar. Hagarty y Morgan (2020), en su revisión sistemática sobre aprendizaje
socioemocional en niños con dificultades de aprendizaje, concluyen que existe evidencia
preliminar favorable respecto de programas que trabajan de forma explícita habilidades
emocionales y sociales; de modo convergente, Hassani y Schwab (2021) señalan que las
intervenciones en este campo pueden mejorar competencias socioemocionales relevantes para
la adaptación escolar. En otras palabras, cuando la escuela enseña a nombrar emociones,
reconocer detonantes, ensayar respuestas reguladas y comunicar necesidades de manera
socialmente inteligible, no solo promueve madurez emocional, sino que disminuye la
probabilidad de que la diferencia sea leída como desajuste, perturbación o incapacidad
(Hagarty & Morgan, 2020; Hassani & Schwab, 2021).
Esta dimensión adquiere aún mayor densidad cuando se consideran los hallazgos de
Heiman y Olenik-Shemesh (2020), quienes documentaron que los estudiantes con dificultades
de aprendizaje presentaban menor autoeficacia social, menor bienestar subjetivo y mayores
sentimientos de soledad que sus pares, perfil que compromete directamente la calidad de su
experiencia educativa. A partir de ello, puede inferirse que la autorregulación no es un atributo
meramente intrapsíquico, sino una capacidad relacionalmente modelada: un estudiante regula
mejor sus emociones cuando dispone de lenguajes pedagógicos para interpretarlas, contextos
seguros para expresarlas y adultos competentes para acompañarlas. Desde esta óptica, las
estrategias de educación emocional contribuyen a la inclusión porque reducen el desfase entre
la vivencia emocional del estudiante con NEE y las expectativas normativas del entorno
escolar, evitando que reacciones asociadas al estrés, a la ansiedad o a la sobrecarga sensorial
se conviertan en nuevos motivos de exclusión pedagógica o disciplinaria (Heiman & Olenik-
Shemesh, 2020; Hassani & Schwab, 2021).
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Sentido de pertenencia y bienestar escolar
Otra línea de hallazgos especialmente consistente remite al sentido de pertenencia y al
bienestar escolar como indicadores sustantivos de inclusión. Prince y Hadwin (2013)
argumentan que el sentido de pertenencia escolar permite comprender con mayor precisión la
eficacia real de la inclusión, ya que conecta dimensiones cognitivas, afectivas, conductuales y
sociales de la experiencia educativa. Esta idea es particularmente fecunda para el análisis del
alumnado con NEE, porque permite desplazar la atención desde una inclusión entendida como
mera ubicación administrativa hacia una inclusión vivida como reconocimiento, seguridad y
legitimidad dentro de la comunidad escolar. En esta clave, la pertenencia no constituye un
estado emocional superficial, sino una estructura de experiencia que informa al estudiante si es
valorado, si cuenta para otros y si puede participar sin ser permanentemente puesto a prueba
en su diferencia (Prince & Hadwin, 2013; Alnahdi et al., 2022).
La evidencia empírica refuerza esa interpretación. Alnahdi et al. (2022) encontraron
que los estudiantes con NEE expresaban niveles inferiores de inclusión emocional y social en
comparación con quienes no presentaban NEE, lo que confirma que la vulnerabilidad inclusiva
no se limita al aprendizaje formal, sino que atraviesa la vivencia afectiva de la escolaridad. Por
su parte, Hodges et al. (2022) mostraron que una intervención escolar apoyada por pares y
liderada por docentes, dirigida a estudiantes autistas, resultó prometedora para mejorar la
participación en el aula, las experiencias escolares subjetivas y el sentimiento de conexión con
la escuela. En consecuencia, las estrategias de educación emocional inciden en la inclusión
cuando ayudan a convertir la escuela en un espacio emocionalmente inteligible, es decir, un
entorno donde los estudiantes con NEE no solo pueden estar, sino donde pueden experimentar
que su presencia tiene valor, continuidad y reconocimiento interpersonal (Alnahdi et al., 2022;
Hodges et al., 2022; Prince & Hadwin, 2013).
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Reducción de barreras relacionales y exclusión entre pares
La búsqueda también muestra con claridad que la inclusión del alumnado con NEE
fracasa con frecuencia no por ausencia total de apoyos formales, sino por la persistencia de
barreras relacionales más sutiles y, a la vez, más corrosivas: rechazo, aislamiento,
victimización, incomprensión recíproca y vínculos de amistad débiles o inexistentes. En esa
dirección, UNESCO (2021) advirtió que los niños, niñas y jóvenes con discapacidad se ven
desproporcionadamente afectados por la violencia y el acoso en contextos educativos, mientras
que Falla et al. (2021), en su revisión sistemática, confirman que el bullying constituye un
problema especialmente relevante en esta población. Bajo esta evidencia, la educación
emocional adquiere un valor inclusivo decisivo porque permite intervenir sobre la textura
cotidiana de las interacciones escolares: promueve empatía, descentramiento, reconocimiento
de la diferencia, lectura menos estigmatizante de la conducta y repertorios comunicativos más
cooperativos entre pares (Falla et al., 2021; UNESCO, 2021).
No obstante, la literatura más reciente sugiere que no basta con incrementar la
accesibilidad a actividades compartidas o con enseñar habilidades sociales de manera
individualizada. Tsou et al. (2024), al revisar 56 estudios sobre inclusión social de estudiantes
autistas en escuelas ordinarias, concluyen que muchas intervenciones aumentan la
accesibilidad a la participación, pero no necesariamente mejoran la reciprocidad ni la amistad
con los compañeros. Esa observación es crucial porque obliga a repensar el foco de las
estrategias emocionales: la inclusión relacional no se produce únicamente cuando el estudiante
con NEE aprende a interactuar mejor, sino cuando el ecosistema escolar aprende a acoger,
interpretar y sostener la diversidad interactiva sin convertirla en anomalía. Por tanto, la
reducción de barreras entre pares exige una educación emocional de alcance ecológico,
orientada simultáneamente al estudiante, al grupo clase, al profesorado y a las reglas implícitas
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de convivencia que determinan quién es admitido como interlocutor legítimo en la vida escolar
(Tsou et al., 2024; Falla et al., 2021).
Rol del profesorado como mediador socioemocional de la inclusión
La literatura revisada coincide, además, en que el profesorado es la pieza mediadora
más influyente en la transformación de la educación emocional en inclusión concreta. Llorent
et al. (2024) muestran una relación positiva entre la educación inclusiva promovida por el
profesorado y el desarrollo de competencias sociales y emocionales del alumnado en educación
secundaria, lo que sugiere que las prácticas inclusivas no solo ordenan mejor la diversidad, sino
que también producen contextos más favorables para el aprendizaje socioemocional. Esta
constatación resulta fundamental porque desplaza la mirada desde programas aislados hacia la
práctica docente cotidiana: la manera en que el profesor regula el clima del aula, valida
emociones, distribuye la palabra, maneja el conflicto y estructura la cooperación puede
ensanchar o restringir de forma muy concreta las oportunidades de inclusión de los estudiantes
con NEE (Llorent et al., 2024).
En la misma línea, Alnahdi et al. (2022) encontraron que niveles más altos de prácticas
inclusivas de enseñanza predecían una percepción más favorable de inclusión emocional,
inclusión social y autoconcepto académico entre los estudiantes. Ese hallazgo es especialmente
relevante porque confirma que la experiencia subjetiva de inclusión depende, en buena medida,
de cómo el profesorado implementa diferenciación, personalización y apoyos dentro del aula
ordinaria. A ello se suma la revisión sistemática de Calandri et al. (2025), que identifica la
competencia emocional docente como un factor relevante para la educación inclusiva y subraya
el papel de dimensiones como la conciencia emocional, la regulación y la empatía profesional.
Por consiguiente, la educación emocional no debe entenderse solo como un contenido a enseñar
al alumnado, sino como una competencia pedagógica que el profesorado necesita encarnar para
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que la inclusión deje de ser una consigna institucional y se convierta en una forma concreta de
relación educativa (Alnahdi et al., 2022; Calandri et al., 2025).
Adaptación de las estrategias emocionales según los perfiles de NEE
Finalmente, una de las conclusiones más importantes de la búsqueda es que la
incidencia inclusiva de las estrategias emocionales depende de su adecuación a los distintos
perfiles de NEE. Daley y McCarthy (2021) advierten que, aunque existen numerosos estudios
sobre programas universales de aprendizaje socioemocional, solo una proporción reducida
explicita cómo participan los estudiantes con discapacidad o NEE y menos aún informa
resultados específicos para este grupo. Hassani y Schwab (2021), por su parte, muestran que la
evidencia disponible para estudiantes con NEE sigue siendo limitada, concentrada
geográficamente y caracterizada por efectos positivos modestos. Esto obliga a rechazar toda
suposición de homogeneidad: no hay razones empíricas para pensar que una misma
intervención emocional tendrá la misma pertinencia, accesibilidad o eficacia para estudiantes
con dificultades de aprendizaje, autismo, discapacidad intelectual u otras necesidades de apoyo
educativo (Daley & McCarthy, 2021; Hassani & Schwab, 2021).
La revisión de Tsou et al. (2024) resulta particularmente esclarecedora en este punto,
pues evidencia que, en el caso del autismo, las intervenciones más prometedoras son aquellas
que no se restringen al entrenamiento individual de habilidades sociales, sino que actúan sobre
pares, docentes y entorno escolar. De modo complementario, Hodges et al. (2022) muestran
que una propuesta manualizada, docente-dirigida y con apoyo de pares puede mejorar
participación y experiencias escolares subjetivas cuando se ajusta al contexto de
implementación y al perfil del estudiantado. De ello se desprende que la adaptación no es un
mero añadido técnico, sino una condición epistemológica y pedagógica de toda inclusión seria:
una estrategia emocional solo se vuelve inclusiva cuando reconoce formas diversas de
comunicar, regular, vincularse y participar. En consecuencia, el diseño de intervenciones para
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estudiantes con NEE debe contemplar accesibilidad cognitiva, apoyos visuales o interactivos
cuando corresponda, gradualidad en la demanda socioemocional, mediación entre pares y
formación docente específica, de modo que la educación emocional no reproduzca, bajo un
lenguaje aparentemente universal, nuevas exclusiones por inadecuación del formato
pedagógico (Tsou et al., 2024; Hodges et al., 2022; Hagarty & Morgan, 2020).
En síntesis, la incidencia de las estrategias de educación emocional en la inclusión de
estudiantes con NEE puede comprenderse como un proceso multinivel que articula desarrollo
personal, clima de aula, relaciones entre pares y competencia profesional docente. La evidencia
no autoriza simplificaciones triunfalistas, pues persisten limitaciones metodológicas, vacíos de
investigación y una necesidad evidente de mayor especificidad según perfiles de NEE; aun así,
el conjunto de estudios revisados converge en una idea central: cuando la educación emocional
se integra de manera deliberada, contextualizada y relacional a la práctica pedagógica, aumenta
la probabilidad de que la inclusión escolar sea una experiencia efectiva de participación,
pertenencia y reconocimiento, y no solo una disposición normativa o administrativa del sistema
educativo (Cipriano et al., 2024; Calandri et al., 2025; Llorent et al., 2024; Hassani & Schwab,
2021).
Discusión
Los hallazgos analizados permiten sostener que la educación emocional no opera como
un aditamento periférico de la educación inclusiva, sino como una mediación pedagógica que
incide en la posibilidad misma de convertir la diversidad en participación efectiva,
reconocimiento recíproco y pertenencia escolar. En términos amplios, esta interpretación
converge con la literatura meta-analítica sobre aprendizaje socioemocional, la cual ha mostrado
beneficios consistentes sobre el rendimiento académico, el funcionamiento escolar, las
habilidades socioemocionales, las actitudes, la conducta y la percepción del clima escolar; sin
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embargo, cuando la mirada se restringe al alumnado con necesidades educativas especiales, la
base empírica disponible se vuelve comparativamente más estrecha, metodológicamente
heterogénea y menos concluyente. En ese sentido, la discusión no debe deslizarse hacia un
optimismo simplificador: más bien, la evidencia sugiere que las estrategias de educación
emocional poseen un potencial inclusivo relevante, aunque dicho potencial depende de
condiciones de diseño, implementación, contextualización y accesibilidad que todavía no han
sido suficientemente examinadas para todos los perfiles de NEE (Cipriano et al., 2024; Daley
& McCarthy, 2021; Hassani & Schwab, 2021).
Desde esa perspectiva, uno de los aportes más significativos de la literatura revisada
consiste en desplazar la discusión sobre inclusión desde una lógica predominantemente
estructural —centrada en acceso, escolarización y adaptaciones curriculares— hacia una lógica
experiencial y relacional, donde importan la seguridad emocional, la posibilidad de
autorregularse, la inteligibilidad afectiva del entorno y la calidad de los vínculos. Esta inflexión
es crucial porque permite comprender que la inclusión escolar no se consuma por el solo hecho
de compartir un espacio físico, sino cuando el estudiante con NEE puede habitar la escuela sin
que su diferencia sea persistentemente traducida como déficit relacional, problema conductual
o incapacidad para ajustarse a las normas emocionales implícitas del aula. En esa línea, la
revisión de Prince y Hadwin (2013) sobre sentido de pertenencia escolar y la síntesis de Hassani
y Schwab (2021) coinciden en que variables como bienestar, school belonging y competencias
socioemocionales constituyen indicadores más finos de inclusión que la mera presencia en
contextos ordinarios, pues permiten evaluar hasta qué punto la participación tiene densidad
subjetiva y valor comunitario real (Hassani & Schwab, 2021; Prince & Hadwin, 2013).
En relación con la autorregulación emocional y la expresión afectiva, la discusión
sugiere que estas dimensiones deben ser interpretadas menos como rasgos individuales aislados
y más como capacidades co-construidas en la interacción pedagógica. La evidencia recuperada
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indica que los estudiantes con NEE pueden beneficiarse de intervenciones que enseñan de
forma explícita reconocimiento emocional, vocabulario afectivo, modulación de la respuesta y
estrategias de afrontamiento; sin embargo, ese beneficio no radica únicamente en una eventual
disminución de conductas disruptivas, sino en la ampliación de sus posibilidades de
participación legítima dentro de la vida escolar. Dicho de otro modo, la autorregulación no solo
mejora el ajuste del estudiante al aula, sino que reduce el riesgo de que determinadas reacciones
vinculadas al estrés, a la ansiedad, a la sobrecarga o a la frustración sean leídas como señales
de no pertenencia. Esta interpretación es congruente con la revisión de Hagarty y Morgan
(2020) y con el trabajo de Heiman y Olenik-Shemesh (2020), que asocian las dificultades de
aprendizaje con menor bienestar, menor autoeficacia social y mayores sentimientos de soledad,
subrayando así la necesidad de abordar las emociones como una dimensión constitutiva de la
inclusión y no como un apéndice terapéutico externo a la pedagogía (Hagarty & Morgan, 2020;
Heiman & Olenik-Shemesh, 2020; Hassani & Schwab, 2021).
A su vez, los resultados revisados permiten afirmar que la pertenencia escolar y el
bienestar subjetivo funcionan como criterios hermenéuticos privilegiados para discernir entre
inclusión nominal e inclusión sustantiva. Cuando un estudiante con NEE permanece en el aula
pero experimenta aislamiento, invisibilización o fragilidad vincular, la inclusión queda
reducida a una forma administrativa sin espesor humano suficiente. Por eso resulta
particularmente relevante que intervenciones como In My Shoes, analizadas por Hodges et al.
(2022), hayan mostrado resultados promisorios en participación y conectividad escolar en
estudiantes autistas, ya que tales variables capturan algo que los indicadores tradicionales
suelen omitir: el sentimiento de ser parte de una comunidad donde la presencia propia no
necesita ser continuamente justificada. En esta clave, la educación emocional fortalece la
inclusión cuando contribuye a crear contextos donde las emociones del alumnado con NEE son
legibles, acogidas y mediadas pedagógicamente, de tal manera que la escuela deje de ser un
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espacio de mera tolerancia y se convierta en un ámbito de reconocimiento y pertenencia
compartida (Hodges et al., 2022; Prince & Hadwin, 2013; Alnahdi et al., 2022).
No menos importante es la constatación de que la inclusión se erosiona con frecuencia
en la esfera de las relaciones entre pares, donde se condensan formas sutiles y explícitas de
exclusión que no siempre son neutralizadas por la sola existencia de políticas inclusivas. La
revisión de Falla et al. (2021) y los informes internacionales sobre violencia escolar coinciden
en que el alumnado con discapacidad o NEE enfrenta una exposición desproporcionada a
experiencias de victimización, acoso y rechazo; por ello, las estrategias de educación
emocional adquieren especial relevancia cuando no se limitan a entrenar habilidades
individuales, sino que reconfiguran el clima moral y afectivo del grupo clase. Desde esta
lectura, la empatía, la cooperación, la toma de perspectiva y la alfabetización emocional de los
pares no son objetivos secundarios, sino condiciones para desactivar mecanismos cotidianos
de estigmatización. Con todo, la revisión de Tsou et al. (2024) introduce un matiz decisivo:
incrementar la interacción no equivale automáticamente a producir inclusión social genuina,
ya que la accesibilidad a actividades compartidas puede mejorar sin que ello se traduzca en
reciprocidad, amistad o reconocimiento mutuo. Esta advertencia obliga a concebir la inclusión
como una ecología relacional compleja y no como el simple aumento cuantitativo de contactos
entre estudiantes (Falla et al., 2021; Tsou et al., 2024).
En ese entramado, el profesorado emerge como mediador socioemocional decisivo. La
literatura revisada permite inferir que la eficacia inclusiva de las estrategias emocionales
depende en gran medida de la competencia del docente para regular el clima del aula, modelar
respuestas afectivas, reconocer señales de malestar, sostener interacciones equitativas y
transformar el conflicto en ocasión de aprendizaje relacional. Los resultados de Llorent et al.
(2024) refuerzan esta idea al mostrar una asociación positiva entre educación inclusiva
promovida por el profesorado y desarrollo de competencias sociales y emocionales del
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alumnado, mientras que Alnahdi et al. (2022) indican que mayores niveles de prácticas
inclusivas de enseñanza predicen mejores percepciones de inclusión emocional y social. A ello
se suma la revisión de Calandri et al. (2025), que atribuye especial relevancia a la empatía, la
conciencia emocional y la regulación emocional docente. En consecuencia, la discusión no
autoriza a pensar la educación emocional únicamente como un contenido destinado al
estudiante; exige, más bien, concebirla como una competencia profesional que condiciona la
posibilidad de que la inclusión se materialice en experiencias pedagógicas concretas y
sostenibles (Alnahdi et al., 2022; Llorent et al., 2024; Calandri et al., 2025).
Ahora bien, uno de los puntos más delicados que emerge del corpus examinado es la
imposibilidad de universalizar sin cautela los efectos de la educación emocional para todos los
perfiles de NEE. La revisión de Daley y McCarthy (2021) muestra que, entre 166 estudios
sobre intervenciones universales de SEL en educación media y secundaria, solo 19
mencionaban explícitamente la inclusión de estudiantes con discapacidad y únicamente cinco
reportaban análisis específicos para este subgrupo; a su vez, Hassani y Schwab (2021)
concluyen que la evidencia disponible para estudiantes con NEE arroja efectos positivos,
aunque principalmente pequeños, y se concentra mayoritariamente en estudios realizados en
Estados Unidos. Estas restricciones no son menores, porque cuestionan cualquier pretensión
de generalización acrítica y muestran que la categoría NEE agrupa realidades heterogéneas que
requieren formatos, apoyos, mediaciones y dispositivos diferenciados. La propia revisión de
Tsou et al. (2024) es ilustrativa al sostener que, en autismo, las intervenciones más
prometedoras son aquellas que actúan no solo sobre el estudiante, sino también sobre pares,
personal escolar y ambiente físico, desplazando el foco desde la corrección del individuo hacia
la transformación del contexto que condiciona su participación social (Daley & McCarthy,
2021; Hassani & Schwab, 2021; Tsou et al., 2024).
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En términos metodológicos y epistemológicos, esta discusión también obliga a
reconocer que el estado actual de la evidencia sigue presentando limitaciones relevantes. Por
una parte, la literatura general sobre SEL ofrece resultados robustos, como lo mostraron Durlak
et al. (2011) y, más recientemente, Cipriano et al. (2024); por otra, cuando la atención se centra
en estudiantes con NEE, persisten muestras reducidas, reportes insuficientes sobre
accesibilidad, baja desagregación por perfiles, heterogeneidad en los desenlaces evaluados y
escasez de seguimientos prolongados. Asimismo, la revisión de Calandri et al. (2025) evidencia
que el interés por la competencia emocional docente en educación inclusiva es todavía
relativamente reciente y que el número de estudios disponibles sigue siendo limitado. Por ello,
la presente discusión sugiere que el avance del campo dependerá de investigaciones
longitudinales, comparativas y culturalmente situadas, capaces de examinar no solo si una
intervención funciona, sino para quién, bajo qué condiciones, con qué mediaciones y con qué
efectos sostenidos sobre pertenencia, participación y bienestar escolar. Solo así será posible
pasar de una noción genérica de educación emocional inclusiva a modelos pedagógicos más
precisos, sensibles a la diversidad y empíricamente fundamentados (Calandri et al., 2025;
Cipriano et al., 2024; Durlak et al., 2011).
En síntesis, la discusión permite concluir que la incidencia de las estrategias de
educación emocional en la inclusión de estudiantes con NEE se expresa en una cadena de
efectos interdependientes: fortalece la autorregulación y la expresión afectiva, mejora la
experiencia de pertenencia y bienestar, atenúa barreras relacionales entre pares, amplifica el
papel del profesorado como mediador de climas inclusivos y exige adaptaciones finas según
los distintos perfiles de necesidad educativa. Sin embargo, el verdadero alcance de esta
incidencia no reside en la simple implementación de programas socioemocionales, sino en su
articulación con una pedagogía inclusiva que transforme normas de interacción, criterios de
participación y formas de reconocimiento dentro de la escuela. Bajo esa premisa, la educación
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emocional puede dejar de ser un repertorio instrumental de habilidades para convertirse en una
gramática pedagógica de la inclusión, siempre que sus diseños eviten la homogeneización del
alumnado y asuman que la justicia educativa también se juega en el derecho a ser comprendido
emocionalmente dentro de la comunidad escolar (Hassani & Schwab, 2021; Llorent et al.,
2024; Prince & Hadwin, 2013; Tsou et al., 2024).
Conclusión
El análisis desarrollado permite concluir que las estrategias pedagógicas basadas en la
educación emocional constituyen un eje sustantivo para fortalecer la inclusión de estudiantes
con necesidades educativas especiales, en la medida en que trascienden una visión restringida
de la inclusión centrada únicamente en el acceso o la permanencia escolar. A lo largo de la
revisión, se evidenció que la inclusión adquiere mayor consistencia cuando se articula con
procesos de autorregulación emocional, expresión afectiva, bienestar subjetivo y participación
relacional, ya que estos componentes inciden directamente en la manera en que el estudiante
se vincula con el aprendizaje, con sus pares y con el entorno escolar. En esa lógica, la educación
emocional no debe entenderse como un complemento accesorio del currículo, sino como una
mediación pedagógica capaz de convertir la diversidad en una experiencia formativa legítima,
habitable y socialmente reconocida.
Asimismo, se concluye que la incidencia de estas estrategias se manifiesta de forma
particular en el fortalecimiento de la autorregulación emocional, en la consolidación del sentido
de pertenencia, en la reducción de barreras relacionales y en la prevención de formas sutiles o
explícitas de exclusión entre pares. Esto significa que su valor inclusivo no reside solamente
en mejorar habilidades individuales, sino en reconfigurar el clima socioafectivo del aula y en
ampliar las condiciones para una participación más equitativa. Desde esta perspectiva, la
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inclusión efectiva de estudiantes con NEE depende en gran medida de que la escuela genere
contextos donde las diferencias no sean interpretadas como déficit, sino como expresiones
legítimas de diversidad que demandan mediaciones pedagógicas sensibles, flexibles y
éticamente comprometidas.
De igual manera, el estudio permite afirmar que el profesorado ocupa un lugar decisivo
en la traducción de la educación emocional en prácticas inclusivas concretas. La competencia
del docente para acompañar emociones, regular interacciones, promover vínculos respetuosos
y adaptar sus estrategias a los distintos perfiles de NEE aparece como una condición
indispensable para que la inclusión deje de ser un principio declarativo y se transforme en una
experiencia real dentro del aula. En consecuencia, la formación docente en competencias
emocionales e inclusivas no constituye una dimensión secundaria, sino una exigencia
estratégica para la consolidación de entornos escolares más justos, participativos y
humanizantes.
Finalmente, se concluye que la eficacia de las estrategias emocionales no puede
asumirse de manera homogénea para todos los estudiantes con NEE, dado que cada perfil
presenta necesidades, ritmos, modos de comunicación y condiciones de participación
diferenciadas. Por ello, cualquier propuesta pedagógica orientada a la inclusión debe
contemplar procesos de adaptación contextual, accesibilidad y flexibilidad metodológica,
evitando trasladar modelos universales sin mediación crítica. En suma, la revisión permite
sostener que la educación emocional posee un alto potencial para robustecer la inclusión
educativa, siempre que se implemente desde una perspectiva contextualizada, relacional y
pedagógicamente reflexiva. Su principal aporte radica en mostrar que la inclusión no solo se
juega en los dispositivos institucionales o curriculares, sino también en la posibilidad de que
cada estudiante sea comprendido, acogido y reconocido dentro de la vida emocional y social
de la escuela.
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